Familias que dejan la ciudad y especialistas coinciden en los beneficios de la naturaleza en el desarrollo infantil, con matices.
En los últimos años,
algunas familias han dejado la ciudad para instalarse en entornos rurales, ya
sea por cambios laborales, de vivienda u oportunidades concretas. Una tendencia
que según el Instituto Nacional de Estadística empezó a acentuarse a partir de
la pandemia. Este traslado no solo afecta a la logística diaria, sino también a
replantear la crianza. Lo que en la ciudad era norma se sustituye por más
autonomía, más contacto con el entorno y nuevos límites.
La experiencia de Ana
Pineda (37 años), creadora junto a su pareja, Samu, de una finca ecológica en
Tenerife, y la de Aurora Matés (35 años), que se instalará en breve con su
familia en una pequeña aldea gallega, ilustran ese cambio. Sus historias
muestran que crecer en el campo no es solo una cuestión de paisaje, sino de
condiciones que pueden influir en el desarrollo, el bienestar y la manera en
que los niños se relacionan con su entorno.
“Desde el primer momento le hemos dado mucha importancia a la naturaleza y a los animales en la crianza de nuestros hijos. Han nacido con esto prácticamente”, narra. Ana Pineda a La Vanguardia. Esto ha hecho que, para ellos, lo normal sea la vida que disfrutan en su pequeña granja en el municipio de El Rosario. “Nuestro mayor regalo es que cuando crezcan recuerden su infancia con cariño”, añade.
Efectos en el
desarrollo de los niños
Aunque Aurora aún no
se ha instalado de forma definitiva, ya ha podido observar cambios durante sus
estancias en Galicia. “El período más largo que hemos pasado allí han sido tres
meses y cada vez que volvemos se ponen súper tristes. Les encanta estar allí.
Están viviendo cómo se debe vivir la infancia”, cuenta Aurora. En ese tiempo,
ha notado menos dependencia de las pantallas y más interés por el juego espontáneo.
“Es que allí no quieren la tablet. Se ponen a trepar por los árboles, van a la
casa con los animales...”, relata.
Una percepción que tiene respaldo en la evidencia científica. Sylvie Pérez, psicóloga, psicopedagoga EAP y profesora de la UOC, señala que “hay mucha evidencia y mucha consistencia de que la naturaleza, en general, tiene efectos positivos en el desarrollo infantil”. Entre ellos, destaca una mayor “atención sostenida, reduce la fatiga mental y, por lo tanto, facilita una mayor concentración, en principio”.
Estos beneficios
pueden ser especialmente relevantes en niños con dificultades atencionales o
sensoriales, como es el caso de los hijos de Aurora, ambos diagnosticados con
Trastorno del Espectro Autista (TEA). “Les calma mucho el sistema nervioso y
eso permite que estén más concentrados y puedan procesar mejor”, asegur Pérez.
Una suposición con la que coincide Pérez. “A nivel emocional, el contacto con la naturaleza también se asocia con un menor nivel de estrés, mayor bienestar y mayor regulación emocional. Más que nada porque son, en principio, contextos más calmados y lo que ponemos de referencia es que hay menos sobreestimulación que en los entornos urbanos”, explica.
En el plano físico,
la miembro de la Sección de Psicología Clínica del Colegio Oficial de
Psicología de Catalunya, señala que la vida rural promueve el juego libre,
donde hay más movimiento y exploración, lo cual puede mejorar “el desarrollo
motor, la autonomía y la creatividad, entre otras cosas”.
Factores claves para criar en el campo
Eso sí, la psicopedagoga introduce matices. “No es la naturaleza sola la que genera estos cambios positivos. El entorno puede favorecer, pero lo importante es cómo se interactúa con este entorno”, advierte. En ese sentido, rechaza la idea de que los niños en el campo sean automáticamente más autónomos porque “no depende solo del entorno, sino que depende de qué oportunidades ofrecemos a los niños para desarrollarse en autonomía”.
Pérez identifica tres
factores determinantes. El primero, la posibilidad de vivir experiencias
difíciles de replicar en la ciudad, como el contacto directo con el entorno y
la exploración activa. El segundo, un ritmo de vida menos acelerado, que
facilita disponer de más tiempo de calidad. Y el tercero, la comunidad. “La red
no es telemática, sino que es más social y comunitaria, con vínculos más
estables e intergeneracionales”, dice.
Una visión que Aurora
ha comprobado en primera persona. “Creo que la esencia de la vida rural es la
comunidad que se forma. Yo estoy en mi casa y me llaman para darme productos del
huerto o vienen con el tractor a ayudarme con la reforma. Que los niños crezcan
viendo que la gente se ayuda y con la libertad de ir a casa de la vecina a
tomarse un chocolate o coger la bicicleta es fundamental”, ejemplifica.
¿El campo mejora la infancia?
El cambio también
implica nuevos retos. Tanto Ana como Aurora han tenido que afrontar situaciones
poco habituales en la ciudad y adaptar sus propios miedos. “Un vecino avisó de
que le faltaba una oveja y resultó que la había cogido un lobo. Ellos lo
vivieron como un cuento, como una situación muy natural y no de una manera
trágica. Es el ciclo de la vida aquí. En las ciudades, la muerte o lo salvaje
es como algo tabú y allí es parte de la vida”, recuerda Matés.
Ese contacto con lo imprevisible forma parte del aprendizaje, igual que asumir ciertos riesgos. “Una noche se nos colaron las vacas hasta, literalmente, la puerta de casa. Claro, son vacas salvajes que no puedes controlar. Pues ellos, el primer día que las vieron, querían subirse encima”, dice. Pese a las ventajas, Pérez insiste en no caer en idealizaciones: “Decir que el campo mejora la infancia es una simplificación. No es mejor automáticamente, sino que cada contexto tiene sus oportunidades y sus limitaciones”
Una visión que
comparte Ana Pineda. “Vivir como vivimos no es para todo el mundo. Se ve muy
idílico cuando vienes de visita unas horas a disfrutar, pero hay mucho trabajo,
muchas preocupaciones y sacrificio”, manifiesta la joven.Es por eso por lo que
Sylvie considera que “tener un poco de todo sería lo ideal en diferentes
momentos del año”. De esta manera, más que una respuesta cerrada, la crianza en
el campo abre un escenario distinto. Uno en el que el entorno influye, pero no
determina, y donde el verdadero cambio sigue estando en cómo se acompaña a los
niños en su crecimiento.
Fuente: lavanguardia.com
Fotografía: Rafael Almena - Primavera en Castilseras (Ciudad Real)


Aprodel CLM

Posted in:
0 comentarios:
Publicar un comentario