viernes, 1 de septiembre de 2023

La IA como jefe: retos para incentivar la innovación y proteger la calidad del empleo

 

En los últimos años se ha hecho mucho hincapié en los trabajos y profesiones que la IA puede hacer desaparecer. Sin embargo, mucho menos se ha hablado de cómo serán los que se quedarán bajo la dirección de esta.

os algoritmos seleccionan candidatos, organizan los horarios, dan instrucciones, vigilan y controlan el trabajo, evalúan el desempeño y recompensan o despiden trabajadores automáticamente. No es necesario irse a EEUU para encontrar esta forma de dirección algorítmica. Sin ir más lejos, una empresa del calzado de Alicante, anunciaba en Laboralia (2023), el uso de estos sistemas para decidir automáticamente los ritmos de trabajo y el tipo de trabajo que tenían que desarrollar los operarios de planta.

En los últimos años se ha hecho mucho hincapié en los trabajos y profesiones que la IA puede hacer desaparecer. Sin embargo, mucho menos se ha hablado de cómo serán los trabajos que se van a quedar bajo la dirección de una Inteligencia Artificial. En efecto, los algoritmos están sustituyendo trabajadores que toman decisiones, por trabajadores que cumplen lo decidido por el algoritmo.

Los retos en esta vertiente de la IA no son menores. En primer lugar, la dirección algorítmica está alterando el equilibrio interno del contrato de trabajo. El uso de tecnologías para vigilar y controlar a los trabajadores cada vez se aleja más del espíritu original de garantizar que los trabajadores cumplen sus obligaciones, para pasar a manejarse de forma mucho más estratégica. Así se pasa de hacer un uso defensivo de la tecnología por parte de los empresarios (comprobar que los trabajadores cumplen con sus obligaciones), a un uso ofensivo (dictar instrucciones y aumentar ritmos de trabajo).

Adicionalmente, la recopilación de información (a través de videocámaras, GPS, wearables y registros de ordenador del trabajador) y el procesamiento de la misma a través de algoritmos puede usarse con el objetivo de disminuir el poder de negociación de los trabajadores. La información y el procesamiento algorítmico otorga a la empresa una ventaja sin precedentes en la negociación de condiciones de trabajo. Si la información es poder, la empresa lo tiene todo. Concretamente, el algoritmo permite a la empresa una reducción de los costes de reclutamiento y de vigilancia, un aumento de las posibilidades de determinación individual del salario de acuerdo con las preferencias descubiertas por el algoritmo, grandes posibilidades de discriminación sindical que reducen la acción colectiva, así como, facilita la descentralización productiva. En efecto, estas cinco causas repercuten directamente en una fuerte reducción de poder de negociación de los trabajadores.

Esto plantea grandes retos sociales dado que, hasta el momento, el salario es la mayor fuente de distribución de la riqueza generada en las empresas. Así, es posible que la mayor preocupación de la sociedad no debiera ser que un algoritmo te quite tu trabajo, sino que te quite tu salario. A la hora de enfrentar estos retos, es necesario no incluir toda tecnología en el mismo “saco”. Hay diferentes tipos de tecnología y no toda reporta el mismo bienestar a la sociedad. De un lado, estaría la tecnología productiva o creadora de valor. Estos algoritmos permitirían automatizar tareas que antes realizaban trabajadores, simplificando su trabajo o requiriendo menos tiempo para ejecutarlo. Aquí entrarían los robots industriales, pero también los ordenadores, las bases de datos informatizadas para abogados, los programas para contables, etc. Es decir, todo tipo de tecnología que complemente y permita a los trabajadores realizar sus tareas de forma más productiva: obteniendo más con el mismo esfuerzo y tiempo dedicado. Este es el tipo de tecnología que ha proporcionado una continua mejora del bienestar social gracias a la mejora de la eficiencia, la productividad y el crecimiento económico.

De otro lado, estarían las tecnologías extractivas de valor. Es decir, aquellas que conceden un aumento del producto solamente a través de un mayor esfuerzo del trabajador. Serían aquellas tecnologías cuyo principal uso consiste en incrementar el poder empresarial para “exprimir” al trabajador toda su energía física y mental, así como para hacer recaer riesgos y costes sobre el trabajador. Así, estas tecnologías no estarían creando más producto con el mismo input (lo que podríamos calificar de verdadero aumento de productividad), sino que la empresa obtendría más rendimiento solamente a través de que el trabajador use más energía propia. Este esfuerzo extra, en el fondo, será un coste para la sociedad (lo que los economistas llaman una externalidad negativa) a través de mayor número de accidentes de trabajo, peor salud, física o mental, más rápido envejecimiento, en definitiva, a cambio de acortar años de vida o calidad de vida de los trabajadores.

Distinguir entre los dos tipos de algoritmos será clave para la regulación. Uno de los principales argumentos que se sostienen en contra de toda regulación de la tecnología, y de la regulación laboral, es que puede desincentivar la inversión y la innovación. Se sostiene, desde determinados sectores, que toda regulación es una traba al progreso técnico. Sin embargo, esto parece ser una visión simplista y reduccionista de la realidad. De hecho, más bien al contrario, para que exista inversión en innovación, la regulación es necesaria. Partiendo de que existen dos tipos de tecnología (una productiva y otra extractiva), la sociedad necesita que se invierta en tecnología productiva. Sin embargo, sin intervención legislativa, las empresas asumen menos riesgo invirtiendo en tecnologías extractivas que no aportan eficiencia. De aquí que sea necesaria una regulación efectiva.

Conforme la empresa pueda repercutir, gracias a la dirección algorítmica, los riesgos de su negocio en los trabajadores y pueda externalizar los costes producidos mediante el aumento de la intensidad del trabajo (problemas de salud, etc.), tendrá pocos incentivos en invertir en tecnología e innovación que crea valor. De hecho, mientras existan empresas que puedan obtener cuota de mercado a través del uso de estas tecnologías extractivas, el resto de empresas tendrán pocos incentivos en invertir e innovar en tecnologías creadoras de valor. Si las empresas ineficientes pueden sobrevivir en el mercado gracias a la explotación de trabajadores mediante algoritmos extractivos, los incentivos para que otras empresas inviertan en tecnologías creadoras de valor serán nulos.

Así, la regulación de los algoritmos no puede centrarse exclusivamente en cuestiones de privacidad y protección de datos como hasta el momento. A pesar de ello, esta es la pretensión tanto del Reglamento General de Protección de datos como de la propuesta de la Comisión Europea de Reglamento de Inteligencia Artificial. Es decir, se centran en regular la tecnología, por el contrario, probablemente tuviera más sentido regular, los efectos que esa tecnología provoca en la sociedad. Como se ha visto, están en juego muchos más derechos que deben protegerse: salud, reparto de rentas del trabajo, derechos antidiscriminación, libertades políticas y económicas, democracia interna de la empresa, etc. Por esta razón, si los datos acaban por demostrar que el principal efecto de la dirección algorítmica del trabajo consiste en la reducción del poder de negociación de los trabajadores, la respuesta legislativa debería proporcionar mecanismos e instituciones que reequilibren esa situación a través del diálogo social y la negociación colectiva. 

Fuente: Adrián Todolí Signes - blogs.elconfidencial.com


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