martes, 7 de abril de 2026

Convocatorias con chanclas: cuando la estrategia se va de vacaciones

 

Este artículo de opinión surge de las múltiples conversaciones de pasillos, entre profesionales del ámbito público, tercer sector y privado que trabajamos en proyectos de empleo, emprendimiento y desarrollo local.

Es consabida mi sensibilidad ambiental, por ello me dispongo a “meterme en un jardín” haciendo de altavoz de estas recurrentes conversaciones entre compañeros/as. 

Bien lo podría haber encabezado con otros títulos tales como:

“Héroes sin capa… y con plazo: sobrevivir a convocatorias vacacionales”

“Porque el desarrollo local no entiende de puentes… pero sí de buena planificación”

"Entre maletas y boletines: crónica de una convocatoria a destiempo"

Hay quien cree que la planificación estratégica de las políticas públicas de empleo y desarrollo local es como hacer una tortilla: se baten cuatro ideas, se echa un chorrito de improvisación y, con un poco de suerte, sale algo comestible. Pero no. La realidad se parece más a una receta de esas de la abuela: requiere tiempo, mimo, orden… y, sobre todo, no ponerse a cocinar justo cuando la cocina está cerrada por vacaciones.

Porque, seamos honestos, lanzar convocatorias en plenas fechas festivas —o en esa deliciosa antesala en la que los equipos técnicos ya están con la maleta medio hecha— es un deporte de riesgo institucional. Es como organizar una maratón el día de Navidad: puede hacerse, sí, pero la participación será… digamos… limitada y con bastante espíritu de supervivencia.

Y no es solo una cuestión de voluntad, sino de pura operativa. En periodos vacacionales, tareas aparentemente sencillas se convierten en pequeñas odiseas: pedir presupuestos a proveedores puede transformarse en una gymkana de correos sin respuesta, llamadas al buzón de voz y agendas en modo “vuelvo en septiembre”. Si a eso le sumamos plazos ajustados, la labor técnica deja de ser un ejercicio de planificación para convertirse en una prueba de resistencia.

Aquí es donde entra el paralelismo inevitable con nuestro querido tejido empresarial español, ese ecosistema vibrante compuesto en su mayoría por pequeñas y medianas empresas. Porque, al igual que las pymes no cuentan con ejércitos de empleados esperando en la retaguardia, las agencias de desarrollo local suelen ser equipos pequeños, ajustados, y en muchos casos auténticos “hombres o mujeres orquesta”. Profesionales que lo mismo diseñan estrategias que tramitan expedientes, dinamizan territorios o apagan fuegos administrativos.

Pretender que estos equipos respondan con agilidad milimétrica a convocatorias lanzadas con prisas y en momentos poco oportunos es como pedirle a una pequeña empresa que compita en recursos con una multinacional de la noche a la mañana. Algunas lo lograrán, claro —porque el talento y la vocación sobran—, pero no debería depender de heroicidades individuales lo que exige, en realidad, una buena planificación colectiva.

Y conviene dejar algo claro: esta es una protesta con propuesta, no contra nadie.

Somos conscientes de que las convocatorias públicas no nacen en el vacío, sino que están condicionadas por marcos complejos como la planificación anual de políticas de empleo, los tiempos de aprobación presupuestaria o la normativa de contratación. No es sencillo encajar todas las piezas.

Pero precisamente por eso, porque el contexto es exigente, resulta aún más importante afinar en aquello que sí está en nuestra mano: la gestión de los tiempos. Un pequeño esfuerzo en anticipación, calendarización y coherencia temporal puede marcar una gran diferencia, permitiendo maximizar la eficiencia y la eficacia del gasto público.

Esto no afecta solo al momento de la convocatoria, sino también a los plazos de ejecución, que deberían acompasarse con la realidad de los territorios y sus mercados laborales.

Y, por suerte, hay ejemplos que demuestran que es posible hacerlo mejor. Programas que permiten adaptar la ejecución a las dinámicas reales, entendiendo que el empleo no sigue el calendario administrativo, sino el pulso de cada comarca. Cuando se alinea la planificación con la realidad, los resultados llegan.

Por eso, si de verdad queremos políticas públicas eficaces, inclusivas y transformadoras, quizá convendría recordar una idea sencilla: planificar no es un lujo, es una necesidad. Y respetar los tiempos —los reales, los humanos, los del territorio— no es una debilidad, sino una condición imprescindible para que las cosas salgan bien.

La verdadera lealtad institucional de los técnicos consiste en ejercer una honestidad constructiva: reconocer lo que funciona sin caer en la adulación y señalar lo mejorable con respeto y rigor. Este compromiso se dirige a responsables públicos de todos los niveles —local, regional y nacional—, al margen de siglas políticas, porque su único propósito es impulsar una gestión pública cada vez más eficaz y eficiente al servicio de la ciudadanía.

Hoy, más que nunca, en un contexto marcado por el ruido mediático y las consecuencias de los conflictos internacionales, los profesionales del empleo, el emprendimiento y el desarrollo local —desde el ámbito público, privado y el tercer sector— reafirman su compromiso de estar al servicio de responsables de empresas y administraciones. Desde la colaboración, el conocimiento y la responsabilidad compartida, trabajamos juntos para construir una gestión más sólida, eficaz y orientada al bienestar común.

Porque al final, entre la improvisación y la estrategia hay una diferencia fundamental: la primera puede sacarnos del paso… pero la segunda es la que realmente nos lleva a algún sitio.

 

Eugenio Martínez Espinosa, Presidente de APRODEL (intentando planificar… incluso en temporada alta de improvisación).



0 comentarios:

Publicar un comentario

 
Design by Free WordPress Themes | Bloggerized by - Premium Blogger Themes | ,