Este artículo de opinión surge de las múltiples conversaciones de pasillos, entre profesionales del ámbito público, tercer sector y privado que trabajamos en proyectos de empleo, emprendimiento y desarrollo local.
Es consabida mi sensibilidad ambiental, por ello me dispongo a “meterme en un jardín” haciendo de altavoz de estas recurrentes conversaciones entre compañeros/as.Bien lo podría haber encabezado con
otros títulos tales como:
“Héroes sin capa… y con plazo:
sobrevivir a convocatorias vacacionales”
“Porque el desarrollo local no
entiende de puentes… pero sí de buena planificación”
"Entre maletas y boletines: crónica de una convocatoria a destiempo"
Hay quien cree que la planificación
estratégica de las políticas públicas de empleo y desarrollo local es como
hacer una tortilla: se baten cuatro ideas, se echa un chorrito de improvisación
y, con un poco de suerte, sale algo comestible. Pero no. La realidad se parece
más a una receta de esas de la abuela: requiere tiempo, mimo, orden… y, sobre
todo, no ponerse a cocinar justo cuando la cocina está cerrada por vacaciones.
Porque, seamos honestos, lanzar
convocatorias en plenas fechas festivas —o en esa deliciosa antesala en la que
los equipos técnicos ya están con la maleta medio hecha— es un deporte de
riesgo institucional. Es como organizar una maratón el día de Navidad: puede
hacerse, sí, pero la participación será… digamos… limitada y con bastante
espíritu de supervivencia.
Y no es solo una cuestión de
voluntad, sino de pura operativa. En periodos vacacionales, tareas
aparentemente sencillas se convierten en pequeñas odiseas: pedir presupuestos a
proveedores puede transformarse en una gymkana de correos sin respuesta, llamadas
al buzón de voz y agendas en modo “vuelvo en septiembre”. Si a eso le sumamos
plazos ajustados, la labor técnica deja de ser un ejercicio de planificación
para convertirse en una prueba de resistencia.
Aquí es donde entra el
paralelismo inevitable con nuestro querido tejido empresarial español, ese
ecosistema vibrante compuesto en su mayoría por pequeñas y medianas empresas.
Porque, al igual que las pymes no cuentan con ejércitos de empleados esperando
en la retaguardia, las agencias de desarrollo local suelen ser equipos
pequeños, ajustados, y en muchos casos auténticos “hombres o mujeres orquesta”.
Profesionales que lo mismo diseñan estrategias que tramitan expedientes,
dinamizan territorios o apagan fuegos administrativos.
Pretender que estos equipos respondan
con agilidad milimétrica a convocatorias lanzadas con prisas y en momentos poco
oportunos es como pedirle a una pequeña empresa que compita en recursos con una
multinacional de la noche a la mañana. Algunas lo lograrán, claro —porque el
talento y la vocación sobran—, pero no debería depender de heroicidades
individuales lo que exige, en realidad, una buena planificación colectiva.
Y conviene dejar algo claro: esta es una protesta con propuesta, no contra nadie.
Somos conscientes de
que las convocatorias públicas no nacen en el vacío, sino que están
condicionadas por marcos complejos como la planificación anual de políticas de
empleo, los tiempos de aprobación presupuestaria o la normativa de
contratación. No es sencillo encajar todas las piezas.
Pero precisamente por eso, porque
el contexto es exigente, resulta aún más importante afinar en aquello que sí
está en nuestra mano: la gestión de los tiempos. Un pequeño esfuerzo en
anticipación, calendarización y coherencia temporal puede marcar una gran diferencia,
permitiendo maximizar la eficiencia y la eficacia del gasto público.
Esto no afecta solo al momento de
la convocatoria, sino también a los plazos de ejecución, que deberían
acompasarse con la realidad de los territorios y sus mercados laborales.
Y, por suerte, hay ejemplos que
demuestran que es posible hacerlo mejor. Programas que permiten adaptar la
ejecución a las dinámicas reales, entendiendo que el empleo no sigue el
calendario administrativo, sino el pulso de cada comarca. Cuando se alinea la planificación
con la realidad, los resultados llegan.
Por eso, si de verdad queremos
políticas públicas eficaces, inclusivas y transformadoras, quizá convendría
recordar una idea sencilla: planificar no es un lujo, es una necesidad. Y
respetar los tiempos —los reales, los humanos, los del territorio— no es una
debilidad, sino una condición imprescindible para que las cosas salgan bien.
La verdadera lealtad
institucional de los técnicos consiste en ejercer una honestidad constructiva:
reconocer lo que funciona sin caer en la adulación y señalar lo mejorable con
respeto y rigor. Este compromiso se dirige a responsables públicos de todos los
niveles —local, regional y nacional—, al margen de siglas políticas, porque su
único propósito es impulsar una gestión pública cada vez más eficaz y eficiente
al servicio de la ciudadanía.
Hoy, más que nunca, en un
contexto marcado por el ruido mediático y las consecuencias de los conflictos
internacionales, los profesionales del empleo, el emprendimiento y el
desarrollo local —desde el ámbito público, privado y el tercer sector—
reafirman su compromiso de estar al servicio de responsables de empresas y administraciones.
Desde la colaboración, el conocimiento y la responsabilidad compartida,
trabajamos juntos para construir una gestión más sólida, eficaz y orientada al
bienestar común.
Porque al final, entre la
improvisación y la estrategia hay una diferencia fundamental: la primera puede
sacarnos del paso… pero la segunda es la que realmente nos lleva a algún sitio.
Eugenio Martínez Espinosa, Presidente
de APRODEL (intentando planificar… incluso en temporada alta de improvisación).


Aprodel CLM

Posted in:
0 comentarios:
Publicar un comentario